Hace miles de años no existían alumnos promedio. Tampoco normales, especiales, integrados o
“casos para tratar”. Había personas. Grupos humanos pequeños, frágiles frente al clima, el hambre, la enfermedad y los peligros de cada día. Para seguir adelante necesitaban algo más importante que la competencia: necesitaban cooperación. Hoy sabemos, por distintos hallazgos arqueológicos y antropológicos, que muchas personas con lesiones severas o condiciones que hoy llamaríamos discapacidades vivieron durante años gracias al cuidado de su comunidad. Cuando la vida era más difícil, en algunos aspectos supimos ser más humanos. Después nos contamos otra historia. Y en esa historia empezamos a equivocarnos. La de la civilización avanzando sobre la barbarie. La de la normalidad como medida de todas las cosas. La de ordenar a las personas entre aptos e ineptos, capaces e incapaces, normales y diferentes.
Y esa lógica también entró a la escuela. Durante mucho tiempo pareció razonable imaginar un aula donde todos aprendieran lo mismo, al mismo tiempo, del mismo modo y demostraran lo aprendido con la misma vara. Lo extraño —y preocupante— es que lo hayamos visto como natural. Daniel Pennac lo escribió desde adentro, como ex mal alumno que se convirtió en docente: a veces el problema no está en quien aprende, sino en cómo decidimos enseñar. Mal de escuela es un libro breve, personal y muy recomendable para quienes trabajan con niños, adolescentes o simplemente quieren pensar mejor qué significa aprender.
En el aula real eso se nota rápido.
Steven, por ejemplo, tiene muchas dificultades para expresarse oralmente.
Las palabras le cuestan. Se traban, se mezclan, no siempre alcanzan para decir lo que quiere decir. Una mirada apurada podría quedarse con eso y sacar conclusiones demasiado pronto. Pero alcanza con cambiar la propuesta para que aparezca otra escena. En un trabajo audiovisual sobre el ciclo del agua, algunos escribieron, otros investigaron, otros organizaron escenas. Steven colaboró con el guion en lectura fácil, manejó la cámara en varias tomas y actuó en distintas secuencias. No fue un gesto de lástima. No fue “incluirlo para que participe”. Fue aprendizaje real. Lo que cambia no es el estudiante: cambia la propuesta. Y cuando cambia la propuesta, cambia todo.
Cuando una propuesta docente tiene más de una puerta de entrada, aparecen capacidades que antes parecían escondidas. Y eso no sirve solo para una persona con discapacidad. Sirve para todos. Porque la diversidad no empieza en un diagnóstico. Empieza en cualquier grupo humano. Hay estudiantes que entienden escuchando. Otros viendo. Algunos haciendo. Algunos necesitan más tiempo. Otros más desafíos. Algunos pueden explicar mejor hablando que escribiendo. Otros piensan con el cuerpo, con imágenes o resolviendo problemas concretos. Durante años confundimos igualdad con hacer todo igual. Y esa confusión sigue organizando muchas prácticas escolares.
Hay un nombre para esto: Diseño Universal para el Aprendizaje. La idea es simple: múltiples formas de presentar lo que enseñamos, múltiples formas de involucrarse y múltiples formas de mostrar lo aprendido. No es bajar la vara. Es dejar de usar una sola. Porque el problema nunca fue la exigencia, sino su rigidez.
Pero mirar el aula en serio también obliga a mirar afuera.
Aprender no depende solo de un docente ni de un estudiante. Depende de familias que acompañan como pueden, de trabajos que consumen tiempo, de comunidades presentes o ausentes, de recursos que alcanzan o no alcanzan. Acompañar a un familiar con discapacidad no es sencillo. Exige tiempo, energía, paciencia, organización y muchas veces dinero que no sobra. Negarlo sería injusto. Justamente por eso la escuela no debería agregar más obstáculos. Y, sin embargo, muchas veces lo hace.
El aula tiene que ser para todos los diferentes que ya están adentro. No desde la lástima. No desde bajar expectativas. Desde propuestas serias, exigentes y humanas. A veces se dice que la inclusión da más trabajo. Tal vez no. Tal vez exige otro trabajo: más observación, más creatividad, más planificación, más cooperación entre escuela, familia e instituciones. Y también una recompensa mayor: ver aparecer capacidades donde antes solo veíamos límites.
Todos somos iguales ante la ley. Pero no aprendemos igual.
Todos pueden aprender. Pero no todos recorren el mismo camino. La buena escuela empieza cuando dejamos de pedir personas estándar y empezamos a construir propuestas donde muchos puedan crecer juntos. Una comunidad crece cuando encuentra lugar para todos.
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