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Enseñar en el Jardín es construir Patria

Por: EDUCREAR  |  Jueves 28 de Mayo de 2026

Cada 28 de mayo se celebra en Argentina el Día de los Jardines de Infantes y de la Maestra Jardinera, una fecha que recupera el legado de Rosario Vera Peñaloza y vuelve a poner en discusión un debate persistente: por qué el trabajo pedagógico de la educación inicial continúa siendo uno de los más invisibilizados y, al mismo tiempo, uno de los más decisivos para el futuro educativo y social del país.



Mientras gran parte de los debates educativos actuales se concentran en alfabetización, tecnología, resultados académicos o secundaria, el nivel inicial continúa ocupando un lugar ambiguo dentro de la percepción social sobre la escuela. Aunque existe consenso pedagógico sobre la importancia de los primeros años de vida, todavía persisten miradas que reducen el trabajo de las docentes jardineras a tareas de cuidado o acompañamiento afectivo.

Cada 28 de mayo, esa tensión vuelve a aparecer en el centro de la escena educativa argentina. La fecha conmemora el fallecimiento, en 1950, de Rosario Vera Peñaloza, pedagoga riojana reconocida como la “Maestra de la Patria” y una de las figuras fundamentales en la construcción histórica de la educación inicial en el país. Su trabajo impulsó la creación del primer jardín de infantes argentino y promovió una concepción profundamente innovadora para la época: entender que el juego, la creatividad, la exploración y el vínculo afectivo también forman parte de la enseñanza.

Más de siete décadas después, muchas de esas discusiones continúan vigentes. La Ley de Educación Nacional Nº 26.206 reconoce a la educación inicial como una unidad pedagógica que comprende desde los 45 días hasta los 5 años, siendo obligatorias las salas de 4 y 5. Sin embargo, distintos especialistas en infancia y educación advierten que todavía existen dificultades para que el nivel inicial sea plenamente reconocido como un espacio educativo estratégico y no únicamente como una instancia previa a la “verdadera escuela”.



Mucho más que cuidado y contención


La idea de que las maestras jardineras “cuidan chicos” sigue instalada en distintos sectores sociales. Sin embargo, el trabajo cotidiano dentro de una sala implica una enorme complejidad pedagógica, emocional e institucional. Las docentes de nivel inicial enseñan lenguaje, socialización, autonomía, convivencia, expresión emocional y primeras formas de construcción del conocimiento. Diseñan propuestas didácticas, observan procesos de desarrollo, acompañan trayectorias familiares y generan experiencias fundamentales para la construcción subjetiva de niños y niñas.

En los jardines se producen algunos de los aprendizajes más importantes de toda la trayectoria escolar. Allí aparecen las primeras experiencias colectivas fuera del hogar, el descubrimiento de normas de convivencia, la construcción de vínculos con pares y adultos, el desarrollo del lenguaje y las primeras aproximaciones al pensamiento simbólico.

Diversos organismos internacionales como UNESCO y UNICEF vienen señalando desde hace años que la educación en la primera infancia tiene un impacto directo sobre las trayectorias educativas futuras, especialmente en contextos de desigualdad social. El acceso a experiencias educativas de calidad durante los primeros años favorece el desarrollo cognitivo, emocional y social, además de fortalecer condiciones de inclusión educativa posteriores.



En ese escenario, el trabajo docente en educación inicial adquiere una dimensión estratégica para el sistema educativo y también para la construcción de ciudadanía desde edades tempranas.
Los jardines comunitarios donde la escuela también resiste. La importancia de la educación inicial adquiere todavía mayor dimensión en aquellos territorios donde el Estado llega de manera fragmentada o insuficiente. En numerosos barrios populares de Argentina, los jardines comunitarios cumplen un rol educativo, social y alimentario que muchas veces excede incluso las posibilidades materiales con las que cuentan.

Sostenidos por organizaciones sociales, cooperativas, movimientos comunitarios, iglesias o redes barriales, estos espacios se transformaron con el tiempo en lugares fundamentales para garantizar cuidado, alimentación, contención y primeras experiencias educativas para miles de niños y niñas. En muchos casos, quienes sostienen cotidianamente esos jardines son mujeres y docentes que trabajan impulsadas por una fuerte vocación social y educativa, incluso en contextos atravesados por precariedad laboral, falta de infraestructura o escaso reconocimiento institucional.

Allí, enseñar no significa solamente organizar actividades pedagógicas. También implica acompañar familias, construir vínculos comunitarios, garantizar derechos básicos y generar condiciones mínimas para que las infancias puedan desarrollarse en contextos de enorme desigualdad social. Muchos jardines comunitarios nacieron precisamente como respuesta a la ausencia estatal en determinados territorios. Y aunque sus realidades son diversas, comparten una misma convicción: que la educación en la primera infancia puede transformar trayectorias de vida desde edades tempranas.



En esos espacios, el jardín de infantes deja de ser únicamente una institución educativa para convertirse también en una red de cuidado comunitario y de construcción de oportunidades.
El cuidado como parte de la enseñanza. Uno de los principales aportes pedagógicos del nivel inicial fue romper históricamente la separación entre cuidado y enseñanza. En la primera infancia, ambas dimensiones aparecen profundamente articuladas.

Escuchar, contener, acompañar rutinas, sostener emocionalmente o generar confianza no son tareas ajenas al aprendizaje. Por el contrario, constituyen condiciones fundamentales para que los niños y niñas puedan explorar, jugar, comunicarse y construir experiencias significativas. Esa dimensión suele quedar invisibilizada porque gran parte de sus resultados no pueden medirse fácilmente en evaluaciones tradicionales o indicadores estandarizados. 

A su vez, las docentes enfrentan hoy nuevos desafíos vinculados a transformaciones culturales y sociales cada vez más complejas: hiperestimulación digital, cambios en los vínculos familiares, dificultades en la socialización temprana, desigualdades económicas y problemáticas emocionales que atraviesan las infancias desde edades cada vez más tempranas. En muchos jardines, además, las instituciones funcionan como espacios de referencia comunitaria y acompañamiento para las familias, ampliando todavía más el alcance del trabajo educativo cotidiano.



Una tarea esencial que todavía busca reconocimiento


Aunque el nivel inicial ganó presencia institucional durante las últimas décadas, muchas docentes sostienen que todavía persiste una subvaloración histórica sobre su tarea profesional. Esa mirada suele expresarse en pequeños gestos cotidianos: considerar que “solo juegan”, minimizar la planificación pedagógica o asociar el jardín únicamente a una función de cuidado mientras las familias trabajan.
Sin embargo, detrás de cada propuesta lúdica existen decisiones didácticas, objetivos pedagógicos, observaciones sistemáticas y estrategias de enseñanza construidas profesionalmente.

El propio legado de Rosario Vera Peñaloza ayuda a recuperar esa perspectiva. Su propuesta pedagógica entendía que las infancias debían ocupar un lugar central dentro del sistema educativo y que el juego no era un entretenimiento secundario, sino una herramienta fundamental para aprender y construir ciudadanía desde los primeros años. Hoy, en un contexto donde la educación enfrenta transformaciones culturales profundas y crecientes desigualdades sociales, la educación inicial vuelve a ocupar un lugar clave dentro de las discusiones pedagógicas contemporáneas.

Porque antes de aprender contenidos escolares específicos, los chicos y chicas necesitan construir algo todavía más esencial: confianza, lenguaje, vínculos, autonomía y posibilidades reales de habitar colectivamente el mundo. 

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