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"Aprender haciendo" transforma la manera de enseñar

Por: EDUCREAR  |  Martes 28 de Julio de 2026

En un contexto atravesado por cambios tecnológicos, sociales y culturales, las escuelas buscan nuevas formas de construir aprendizajes con sentido. Investigar, resolver problemas reales, integrar saberes y aprender en colaboración forman parte de una transformación que redefine el papel de estudiantes y docentes.



La pregunta ya no es únicamente qué deben aprender los estudiantes, sino cómo lograr que ese aprendizaje tenga sentido en un mundo que cambia a una velocidad inédita. La aceleración tecnológica, la transformación del trabajo, los desafíos ambientales y la creciente complejidad social obligan a revisar prácticas que durante décadas organizaron la enseñanza. Memorizar información o reproducir contenidos continúa teniendo un lugar, pero resulta insuficiente frente a una realidad que demanda comprender, analizar, crear y actuar.

Hace más de medio siglo, el psicólogo David Ausubel sostuvo que el aprendizaje solo se vuelve verdaderamente significativo cuando las nuevas ideas logran relacionarse con los conocimientos y experiencias previas de quien aprende. Ese principio sigue siendo uno de los pilares de la educación contemporánea. Sin embargo, el escenario actual plantea un desafío adicional: ya no basta con comprender un contenido, también es necesario saber utilizarlo para interpretar situaciones complejas, resolver problemas inéditos y actuar en contextos cambiantes.

Las investigaciones internacionales sobre educación muestran que este cambio de perspectiva ya comienza a reflejarse en las políticas educativas de numerosos países. Un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Promoting students' competencies and effective pedagogies for the 21st century, sostiene que los sistemas educativos necesitan fortalecer tanto las competencias fundamentales —como la lectura, la matemática y las ciencias— como capacidades transversales, entre ellas el pensamiento crítico, la creatividad, la comunicación, la colaboración y la resolución de problemas. En otras palabras, el desafío ya no consiste únicamente en enseñar contenidos, sino en generar experiencias que permitan comprenderlos, aplicarlos y utilizarlos para actuar frente a situaciones reales.

En ese escenario comienzan a consolidarse propuestas pedagógicas que desplazan el centro de la enseñanza desde la transmisión de información hacia la construcción activa del conocimiento. El aprendizaje basado en proyectos constituye una de las expresiones más representativas de esta evolución porque propone que aprender implique investigar, experimentar, tomar decisiones, trabajar con otros y elaborar respuestas frente a desafíos concretos. Más que incorporar una metodología diferente, expresa un cambio de paradigma sobre qué significa aprender en la escuela.



Del aprendizaje significativo al aprendizaje en acción

La principal diferencia entre estas propuestas y los modelos tradicionales no reside en la incorporación de actividades novedosas, sino en la forma en que se construye el conocimiento. Mientras la enseñanza centrada exclusivamente en la exposición organiza el aprendizaje alrededor de contenidos previamente definidos, el aprendizaje en acción invita a que esos contenidos adquieran sentido al ponerse en juego para comprender y transformar una realidad concreta.

Investigar deja de ser una práctica reservada al ámbito científico para convertirse en una experiencia cotidiana del aula. Los estudiantes formulan preguntas, buscan información, analizan evidencias, contrastan fuentes, elaboran hipótesis y revisan sus propias conclusiones. En ese recorrido, desarrollan no solo conocimientos disciplinares, sino también habilidades para pensar críticamente, argumentar y tomar decisiones fundamentadas.

Esta lógica modifica incluso el lugar del error. En lugar de interpretarse como un resultado negativo, pasa a ser parte del proceso de construcción del conocimiento. Equivocarse, revisar, reformular y volver a intentar son acciones esperables cuando el objetivo no consiste únicamente en responder correctamente una consigna, sino en comprender un problema y producir una solución posible.

La OCDE identifica estas experiencias como parte de las llamadas pedagogías activas, un conjunto de enfoques que promueven la participación de los estudiantes mediante tareas que exigen analizar, crear, resolver problemas y reflexionar sobre el propio proceso de aprendizaje. Según el organismo, estas prácticas favorecen el desarrollo de competencias que hoy resultan tan importantes como los conocimientos disciplinares tradicionales.



Aprender con otros para comprender el mundo

Los problemas que enfrenta la sociedad difícilmente puedan entenderse desde una única disciplina. El cambio climático, la inteligencia artificial, la salud pública, la ciudadanía digital o la desigualdad social requieren integrar conocimientos provenientes de diferentes áreas. La escuela comienza a reflejar esa complejidad cuando organiza el aprendizaje alrededor de preguntas significativas en lugar de hacerlo únicamente a partir de asignaturas aisladas.

La interdisciplinariedad permite establecer conexiones entre saberes que tradicionalmente se enseñan por separado. Matemática, ciencias, lengua, historia, arte y tecnología dejan de competir por tiempo dentro del horario escolar para convertirse en herramientas complementarias al servicio de un mismo desafío. Esta integración no implica perder profundidad disciplinar, sino ofrecer contextos donde esos conocimientos puedan utilizarse con sentido.

Al mismo tiempo, el aprendizaje deja de entenderse como una actividad exclusivamente individual. Los proyectos requieren debatir ideas, distribuir responsabilidades, construir acuerdos y producir respuestas colectivas. La colaboración deja de ser un recurso ocasional para transformarse en una competencia que también necesita enseñarse y desarrollarse. Escuchar, negociar, argumentar y coordinar acciones son habilidades cada vez más valoradas tanto en los ámbitos educativos como profesionales.

Este cambio alcanza también a la evaluación. Si aprender implica investigar, crear, colaborar y resolver problemas, las formas tradicionales centradas exclusivamente en exámenes escritos resultan insuficientes para comprender todo lo que los estudiantes son capaces de hacer. Las experiencias de evaluación auténtica incorporan productos, presentaciones, prototipos, informes, portafolios, instancias de autoevaluación y procesos de retroalimentación continua que permiten valorar no solo el resultado final, sino también las decisiones, estrategias y aprendizajes construidos durante el recorrido.

Sin embargo, esta transformación no depende únicamente de lo que ocurre dentro del aula. También exige políticas educativas que acompañen el cambio. El informe de la OCDE subraya la importancia de fortalecer la formación inicial y continua de los docentes, promover espacios de planificación colaborativa y generar condiciones institucionales que favorezcan la innovación pedagógica. Enseñar de otra manera requiere, también, escuelas organizadas de otra manera.

Más que reemplazar modelos anteriores, el aprendizaje en proyectos representa una evolución del aprendizaje significativo hacia una educación donde el conocimiento se construye haciendo, investigando y colaborando. La discusión ya no pasa por elegir entre contenidos o competencias, sino por encontrar formas de enseñanza que permitan integrar ambos. En una época marcada por cambios permanentes, aprender haciendo deja de ser una innovación metodológica para convertirse en una de las respuestas más consistentes al desafío de formar personas capaces de comprender el mundo y participar activamente en su transformación.

 

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