¿Qué cambia cuando la ciudadanía deja de estudiarse solamente como un conjunto de conceptos y comienza a ponerse en práctica? En distintas experiencias educativas de Argentina, estudiantes ocupan bancas legislativas, elaboran proyectos, investigan problemas, representan países, pronuncian discursos y negocian acuerdos. Los escenarios son diferentes, pero comparten una decisión pedagógica: aprender participación participando.
La comparación permite observar dos maneras particularmente interesantes de hacerlo. Los parlamentos juveniles colocan a los estudiantes frente a problemas de sus propias escuelas, barrios y comunidades. Los Modelos de Naciones Unidas introducen otra exigencia: comprender una realidad ajena y argumentar desde la posición del Estado que les fue asignado.
La diferencia no es menor. En un caso, la representación comienza cerca de la experiencia cotidiana. En el otro, obliga a tomar distancia de las propias opiniones para comprender intereses, antecedentes y posiciones internacionales.
De la escuela a una banca legislativa
El Joven Parlamentario Lomense ofrece un ejemplo concreto de la primera modalidad. Creado en 1993 por el Concejo Deliberante de Lomas de Zamora, el programa busca que estudiantes experimenten qué significa representar a su comunidad. Antes de llegar al recinto, las escuelas trabajan sobre necesidades y problemáticas, discuten alternativas y elaboran proyectos. Luego seleccionan representantes que ocupan las bancas y presentan las iniciativas. El diseño del programa contempla la participación de estudiantes de nivel primario y secundario, entre otros espacios educativos, y propone expresamente que puedan llevar al Concejo necesidades surgidas de sus comunidades.
La experiencia permite que procedimientos propios de una institución democrática —representar, proponer, argumentar y debatir— sean puestos en práctica por los estudiantes. No se trata solamente de conocer qué hace un concejal, sino de atravesar parte del proceso que supone construir una propuesta colectiva y defenderla ante otros. La escala local agrega otra característica: aquello que llega al recinto puede surgir de situaciones reconocibles para quienes participan. En ediciones anteriores se presentaron proyectos vinculados tanto con mejoras barriales como con problemáticas de las propias comunidades educativas. Algunos proyectos aprobados por los estudiantes continuaron luego su recorrido hacia las comisiones de trabajo del Concejo Deliberante.
Una participación que también puede alcanzar escala provincial
El Parlamento Juvenil Bonaerense amplía esa lógica a todo el territorio provincial. La propuesta de la Dirección General de Cultura y Educación está destinada a estudiantes secundarios y organiza el trabajo alrededor de temas como inclusión educativa, jóvenes y trabajo, Educación Sexual Integral, participación ciudadana, derechos humanos, salud mental, comunicación y medios y educación ambiental integral.
La dimensión alcanzada muestra que no se trata de una experiencia marginal. Durante 2025 participaron de sus diferentes instancias 72.117 estudiantes pertenecientes a 2.118 instituciones educativas, acompañados por 5.500 docentes. Más de 300 estudiantes y docentes de los 135 municipios bonaerenses participaron del encuentro provincial, que culminó con una sesión en la Cámara de Diputados.
Aquí la formación ciudadana incorpora otra escala. Las preocupaciones surgidas en las escuelas atraviesan instancias de discusión y construcción de consensos hasta encontrarse con las de estudiantes de otros territorios. La participación ya no consiste únicamente en expresar una posición individual: exige elaborar propuestas capaces de ingresar en una conversación colectiva más amplia. El Parlamento Juvenil del Mercosur lleva esa dinámica al plano regional. En 2025, su fase internacional reunió en Foz do Iguaçu a estudiantes secundarios para trabajar sobre integración regional, educación, ambiente y futuro digital. La propuesta del Sector Educativo del Mercosur busca generar espacios donde los jóvenes elaboren iniciativas vinculadas con sus necesidades y aspiraciones.
Representar a otro para aprender a negociar
Los Modelos de Naciones Unidas modifican sustancialmente el punto de partida. Quien participa no llega necesariamente para defender lo que piensa. Debe representar diplomáticamente a un país y actuar de acuerdo con sus posiciones e intereses. Eso requiere investigar antes de debatir: conocer el Estado asignado, comprender su política y analizar los temas que serán tratados.
Programas como Uniendo Metas, desarrollado por Asociación Conciencia desde 1994, utilizan esta metodología con estudiantes secundarios. La propuesta trabaja con temas de agenda global y plantea entre sus objetivos desarrollar comunicación, escucha activa, pensamiento crítico, colaboración y búsqueda de consensos mediante el ejercicio de la diplomacia.
La lógica de representación introduce una dificultad educativa particular. Comprender una posición no significa necesariamente compartirla. El estudiante necesita construir argumentos coherentes con la delegación que representa, escuchar los intereses de otros países y encontrar espacios posibles de negociación. En ese desplazamiento aparece una diferencia decisiva respecto de los parlamentos juveniles. Mientras estos pueden partir de una pregunta cercana —qué necesita nuestra escuela o nuestra comunidad—, un Modelo ONU propone otra: ¿cómo comprender un problema desde una posición que puede no ser la propia?
El XX Modelo Secundario de Naciones Unidas Ciudad de Buenos Aires, organizado por ANU-AR en junio de 2026, muestra la diversidad de asuntos que pueden atravesar esa simulación. Su agenda incluyó debates vinculados con seguridad internacional, conflictos armados, inteligencia artificial, derechos humanos, desplazamientos climáticos, economía digital y edición genética, distribuidos entre diferentes órganos y comisiones.
Conviene, sin embargo, hacer una distinción institucional. Los Modelos de Naciones Unidas no son programas oficiales de la ONU. Naciones Unidas explica que estas conferencias son organizadas de manera independiente por escuelas, universidades y otras organizaciones, y que no existe afiliación ni certificación oficial de los modelos por parte del organismo internacional.
Dos caminos para practicar la ciudadanía
Puestos uno junto al otro, parlamentos juveniles y Modelos ONU permiten observar que la formación ciudadana puede construirse mediante experiencias diferentes. En los parlamentos, la representación puede comenzar por identificar una necesidad concreta y convertirla en una propuesta susceptible de ser discutida colectivamente. El estudiante necesita pasar de una preocupación a un argumento y de un argumento a una iniciativa que otros puedan acompañar o cuestionar.
En los Modelos ONU, el desafío se desplaza hacia la comprensión de intereses diferentes. Investigar un país, sostener su posición y negociar con otras delegaciones exige reconocer que los problemas internacionales admiten perspectivas contrapuestas y que alcanzar acuerdos supone trabajar sobre esas diferencias. En ambas modalidades aparecen prácticas que difícilmente puedan reducirse a una definición escrita de ciudadanía: preparar argumentos, hablar ante otros, escuchar objeciones, respetar procedimientos, negociar y construir consensos.
Eso no significa que participar en estas experiencias garantice por sí mismo una determinada formación democrática. Los objetivos declarados por los programas permiten identificar qué capacidades buscan promover, pero determinar qué aprende efectivamente cada estudiante requeriría evaluar las experiencias y sus resultados.
La pregunta por lo que ocurre después
Existe, además, una cuestión que trasciende la calidad de una sesión parlamentaria o de una simulación diplomática: qué lugar real ocupa la voz juvenil una vez terminado el encuentro.
UNICEF señala que la participación significativa de niños, adolescentes y jóvenes requiere superar la consulta y generar condiciones para que sus voces tengan incidencia. Entre sus recomendaciones aparecen el acompañamiento antes, durante y después de la participación, la inclusión de voces diversas y la existencia de mecanismos de rendición de cuentas.
La Oficina de Juventud de Naciones Unidas incorpora un criterio semejante: la participación significativa supone relaciones sostenidas, intervención en distintas etapas de las decisiones y mecanismos de devolución que permitan saber cómo fueron utilizadas las contribuciones realizadas. También advierte sobre el riesgo de reducir la participación juvenil a intervenciones simbólicas. Ese criterio abre una pregunta relevante para cualquier experiencia educativa de participación:
¿qué sucede con las ideas cuando los estudiantes abandonan el recinto?
En algunos programas existen mecanismos que permiten continuar el recorrido. En el Joven Parlamentario Lomense, por ejemplo, proyectos aprobados por los estudiantes han pasado posteriormente a las comisiones del Concejo para su tratamiento. Pero la cuestión excede un programa particular. Si la participación pretende enseñar ciudadanía, conocer qué ocurrió con una propuesta, recibir una devolución o comprender por qué una iniciativa puede o no avanzar también forma parte del aprendizaje sobre cómo funcionan las instituciones.
Parlamentos juveniles y Modelos ONU no enseñan exactamente lo mismo ni deberían confundirse. Uno puede acercar a los estudiantes a la representación de su comunidad; el otro los enfrenta al desafío de comprender y defender una posición internacional que incluso puede contradecir sus propias convicciones. Precisamente allí reside el punto de encuentro: ambos trasladan una parte de la educación ciudadana desde la explicación hacia la experiencia. La democracia, la representación y la negociación dejan por unas horas de ser solamente contenidos para convertirse en problemas que los estudiantes tienen que resolver con otros.
Otras notas de esta sección