Un estudiante falta un lunes. La semana siguiente no asiste el jueves. Llega tarde dos veces. Después pierde tres días consecutivos. Regresa, intenta ponerse al día y vuelve a faltar. Todavía está matriculado. Su nombre continúa en la lista. No abandonó la escuela. Sin embargo, algo empezó a cambiar en su trayectoria.
Entre la asistencia regular y el abandono existe una zona menos visible: ausencias intermitentes, llegadas tarde reiteradas y semanas incompletas. Allí puede encontrarse una oportunidad decisiva para prevenir la desvinculación.
El abandono empieza antes de dejar la escuela
Argentina amplió significativamente el acceso a la secundaria. Según datos del Censo 2022 recuperados por UNICEF, el 93% de los adolescentes de entre 12 y 17 años estaba escolarizado. Sin embargo,
alrededor de 300.000 no asistían a la escuela y el 34% de los jóvenes de entre 20 y 22 años no había terminado el nivel.
La fotografía del abandono muestra el final de una trayectoria. Para comprender cómo se llega hasta allí hay que observar lo que ocurre mientras el estudiante todavía está escolarizado.
Un informe de Argentinos por la Educación elaborado a partir de Aprender 2024 señala que el 51% de los estudiantes del último año de secundaria declaró haber acumulado 15 o más inasistencias hasta octubre. En 2022 había sido el 44%. Además, quienes informaron más de 20 faltas pasaron del 26% al 30%.
La desvinculación rara vez ocurre de un día para otro. Antes pueden aparecer faltas. Y antes de convertirlas solamente en una sanción, una estadística o un límite administrativo, existe una pregunta pedagógica posible: ¿qué está pasando con este estudiante?
Una misma cantidad de faltas, problemas diferentes
Dos estudiantes pueden acumular veinte inasistencias y atravesar situaciones completamente distintas.
Uno puede depender de un transporte irregular. Otro puede haber comenzado a trabajar. Una estudiante puede cuidar a sus hermanos. Otra puede atravesar una enfermedad. Alguien puede evitar la escuela por hostigamiento o ansiedad. Otro puede sentir que, después de varias ausencias, perdió el ritmo de las materias y regresar significa enfrentarse nuevamente con aquello que ya no comprende.
El número es idéntico. El problema no. El informe Every Day Counts, publicado por la OCDE en 2026, plantea que
los problemas de asistencia surgen de la interacción entre factores individuales, familiares, escolares, comunitarios y estructurales. También advierte que pueden comenzar temprano y agravarse durante las transiciones educativas.
Los datos argentinos muestran esa diversidad. En Aprender 2024, el 62% de los estudiantes que informaron motivos para faltar mencionó problemas de salud y el 39%, “no tener ganas de ir a la escuela”. En Aprender 2022, el 30% de los estudiantes del quintil socioeconómico más bajo señaló problemas vinculados con el clima o el transporte.
Las responsabilidades familiares también inciden. Un estudio de UNICEF Argentina y el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género mostró que casi siete de cada diez adolescentes de entre 15 y 17 años realizan tareas de cuidado y trabajo doméstico no remunerado.
El trabajo constituye otra tensión. Un documento de UNICEF basado en la Encuesta de Actividades de Niñas, Niños y Adolescentes de 2017 señalaba que, entre los jóvenes de 16 y 17 años que participaban en actividades productivas, no asistía a la escuela el 23% en ámbitos urbanos y el 35% en ámbitos rurales.
Ninguno de estos factores explica por sí solo el abandono. Pero muestran por qué contar faltas no alcanza.
Del registro a la alerta temprana
La asistencia forma parte de la rutina administrativa de las escuelas: se toma lista, se registran ausencias y se aplican los mecanismos previstos por cada régimen académico. El desafío es convertir esa información en una herramienta de acompañamiento.
No es igual faltar veinte días consecutivos que hacerlo dos veces por semana durante meses. Tampoco faltar siempre el mismo día, comenzar después de malos resultados académicos o acumular ausencias tras un cambio de escuela.
El patrón puede ofrecer información que el total de inasistencias oculta.
Argentina cuenta con experiencias orientadas en esa dirección. El programa Asistiré incorporó sistemas digitales capaces de generar alertas ante situaciones de ausentismo reiterado. Más recientemente, la Secretaría de Educación nacional avanzó en el análisis de información nominal y diaria para identificar patrones diferenciados de asistencia. Mendoza también desarrolló un Sistema de Alerta Temprana que combina datos administrativos como matrícula, asistencia y calificaciones. La tecnología permite señalar dónde mirar. No explica necesariamente qué ocurre.
Una alerta puede indicar que un estudiante faltó reiteradamente o que sus calificaciones descendieron. Para comprender las causas todavía hace falta conversar con él, con su familia y con quienes acompañan su trayectoria.
Volver también requiere acompañamiento
Las ausencias pueden retroalimentarse. Un estudiante falta, pierde una explicación, deja de comprender el contenido siguiente, acumula actividades, obtiene malos resultados y comienza a sentir que regresar es cada vez más difícil.
Por eso importa no solamente conseguir que vuelva, sino preguntarse qué encuentra cuando regresa. Una estrategia de revinculación puede ayudar a establecer prioridades: qué necesita recuperar primero, qué actividades resultan indispensables, cuáles pueden reorganizarse, quién será su referente y cómo se realizará el seguimiento.
La OCDE incluye las estrategias de reintegración y las adaptaciones pedagógicas entre las respuestas posibles frente a los problemas de asistencia. El objetivo es evitar una paradoja: que después de conseguir que un estudiante regrese, la acumulación de pendientes termine alejándolo nuevamente.
El vínculo escolar también importa. Un docente que conoce el nombre del estudiante, un preceptor que advierte un cambio, un proyecto significativo, las relaciones entre pares o la existencia de un adulto de referencia pueden fortalecer el sentido de pertenencia.
Nada de eso reemplaza la enseñanza. Puede contribuir a sostenerla.
Una política institucional para actuar antes
La escuela no puede resolver por sí sola un problema de transporte, modificar las condiciones laborales de una familia, sustituir los servicios de salud ni reorganizar un sistema de cuidados. Las causas del ausentismo son múltiples y algunas requieren articulación con otras políticas y servicios.
Pero la institución puede detectar cambios, escuchar, acompañar, revisar determinadas respuestas pedagógicas y conectar información que suele aparecer fragmentada.
Un profesor puede advertir que un estudiante dejó de entregar trabajos. El preceptor, que comenzó a llegar tarde. La familia puede informar que empezó a trabajar. El equipo de orientación puede conocer una situación que requiere acompañamiento. Separadas, esas señales pueden parecer menores. Juntas, permiten observar una trayectoria.
La OCDE analiza modelos de intervención escalonada: acciones universales para fortalecer asistencia, vínculos y participación; apoyos focalizados cuando aparecen las primeras dificultades; y respuestas individualizadas ante situaciones persistentes o complejas.
La lógica es sencilla, no todos necesitan lo mismo y no es necesario esperar a que el problema alcance un punto extremo. Registrar, detectar, comprender, intervenir y seguir. Esa secuencia convierte la asistencia en información pedagógica.
Cuando un estudiante deja definitivamente la escuela, el sistema obtiene un dato claro, pero tardío. Las ausencias intermitentes ofrecen una señal menos contundente y, justamente por eso, más valiosa para prevenir.
Cada mañana produce información sobre las trayectorias. El desafío es no esperar a que una silla quede definitivamente vacía para empezar a preguntarse qué ocurrió.
Porque prevenir el abandono no comienza cuando alguien deja la escuela. Empieza mucho antes, cuando una secuencia de ausencias deja de parecer casual y alguien decide mirar qué hay detrás.
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